Evan Lemoine



¿Qué es lo que realmente estamos buscando? Superando la pornografía

En otoño del 2002 me hice una pregunta que jamás me había hecho antes. Una pregunta que nunca se me había ocurrido y de la cual, desde ese día hasta la fecha, he buscado incansablemente obtener su respuesta: ¿Qué es lo que realmente estoy buscando? ¿Dónde está la satisfacción? Yo me refiero sobre todo a ese deseo vehemente que tiene el ser humano llamado impulso sexual. Aunque varones y mujeres lo experimentamos de diferente manera, variando el nivel de intensidad, sigue siendo un deseo universal y profundo, un deseo que no podemos simplemente evitar o ignorar. Lo tenemos que resolver. Tenemos que resolver la sed, el apetito erótico. Tenemos que resolver el eros.



¿Pero qué es eso del eros? En la Antigua Grecia el gran pensador Platón definió el eros como la atracción interior hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero. Es posiblemente el deseo más hondo, más intenso e importante en toda la vida humana. Es lo que lleva a nuestras mentes a buscar la verdad e inquietarnos con la mentira; es lo que eleva nuestros espíritus al ver las estrellas en la noche, o las olas del mar rompiendo con las piedras de la orilla; es lo que nos estremece en una obra musical, aquello que toca nuestro corazón y hace resonancia con nuestra propia historia y sentimientos; es lo que nos hace celebrar lo bueno en la vida, de la comida, de los pasatiempos, de todo lo que descubrimos como un valor; es lo que nos impulsa hacia el otro, hacia la conexión, hacia la intimidad. El eros sirve como nuestro brillo integrado. Desde este deseo tan profundo, descubrimos un poco más nuestro designio, cómo estamos hechos, cómo funcionamos, y nos lanza hacia nuestro destino, hacia la satisfacción, la plenitud y la felicidad. Hay que vivir en 3D, dice Christopher West, dirigiendo nuestro deseo según nuestro designio para alcanzar nuestro destino.



En otoño del 2002, yo no tenía idea de lo que estaba buscando. Este deseo tan básico, tan primordial, tan apasionante en mí, no parecía apuntarme en ninguna dirección. No entendía mi designio, y no tenía idea de cuál era mi destino. No tenía idea de cómo satisfacer mi impulso sexual, mi deseo masculino. Tenía 21 años, estaba en mi penúltimo año de universidad, vivía solo en un departamento, llevaba año y medio en una relación tóxica y distorsionada con mi novia, y llevaba ya 10 años de adicción a la pornografía. Había empezado en 5to de primaria con unos catálogos de Victoria Secret que llegaban a nuestra casa, después con unas revistas pornográficas que me había regalado un amigo y un primo, posteriormente con video-cassettes; con la llegada del internet la adicción se hizo mucho más fuerte.



Estaba apuntando mi eros, mi impulso sexual, hacia algo completamente superficial, y lejos de satisfacerme, me frustraba cada vez más. Había pasado de ver pornografía ‘normal’ (aunque realmente toda pornografía es ‘anormal’) a ver cosas cada vez más intensas y extrañas con tal de provocar la misma reacción. Era una droga para mí, y poco a poco mi mundo de fantasía empezó a invadir mi mundo real. Empezó a cambiar mi manera de percibir a mis compañeras en la escuela, a cualquier mujer en la calle, y también empezó a cambiar mi manera de percibirme a mí mismo. Ya no me veía como el chico noble, talentoso, divertido. Me veía con vergüenza, como inútil, sin ideales ni motivación. Me costaba mirar a los demás en los ojos. Se me hacía casi imposible acercarme a una mujer, mucho menos conectar con ella. Me conformaba con desvestirlas con la mirada, o calificarlas con mis amigos. Eran el misterio inalcanzable, el premio intocable. Me sentía solo, inseguro, triste y frustrado.



Consumiendo pornografía, sentía como si me pudiera acercar a todas, desvestirlas a todas, ‘conectar’ con todas, entrar en el misterio de todas, alcanzar cada premio, y casi sin costo, sin esfuerzo, sin riesgo, ‘sin consecuencias’. Por lo menos eso creí. En esta era de internet dicen que “Cuando un producto o servicio no tiene costo, el producto eres tú”. Navegaba libremente por infinidad de páginas gratis, y cada una me enviaba a otra, además de los miles de virus que entraron a mi computadora, también me bombardeaban miles de anuncios. ¡La industria pornográfica gana más dinero anual que la NFL! No sólo están lucrando de mis clics. También el costo personal, relacional y social es altísimo. La pornografía aumenta el índice de depresión, disminuye la capacidad de encontrar alegría y gozo en las actividades sencillas de la vida cotidiana, crea obsesión, compulsión, y cada vez necesitamos cosas más fuertes para lograr estimularnos, causa inseguridad, dificultades en relacionarnos con los demás, especialmente los miembros del sexo distinto, estanca nuestra maduración afectiva y personal, lastima nuestra capacidad de amar y ser amados, nos hunde cada vez más en el egoísmo, aumenta la tendencia a fantasías y actos sexuales violentos, confunde nuestra comprensión del consentimiento sexual, y es la causa de innumerables muertes al año por el tráfico de personas. Definitivamente, no es un producto sin costo. Yo pago el costo, mis seres queridos pagan el costo, y muchísimas personas inocentes pagan el costo, cada vez que yo hago clic.



Creo que lo peor de todo, y lo que más me motivó a cambiar, es que ni me satisfacía. Me dejaba siempre más frustrado que antes. Claro había un breve alivio de la ansiedad que sentía, pero casi de inmediato la ansiedad volvía y con mayor intensidad. Era como tener una roncha de hiedra venenosa en el brazo: cada vez que la rascas, solo te más comezón y se hace peor. Cada vez que buscaba ‘aliviarme’ con la pornografía, terminaba sintiendo más tensión sexual, más inquietud, más frustración. Pero no sólo era una insatisfacción física, era un sentimiento más profundo.



Con el tiempo, en la secundaria y en la prepa, empecé a querer poner en práctica todo lo que había visto en los videos. Buscaba alguna joven que se prestara para tratar su cuerpo y su sexualidad como yo lo trataba: como un juguete. Por muchas razones, no encontraba a ninguna mujer así, por lo menos no en la vida real. Por fin, llegando a mi segundo año de preparatoria, en una convención de francés, una joven se presentó delante de mí y me ofreció la luna y las estrellas, carta abierta en el campo de la sexualidad. Todos los jóvenes de la convención estábamos en el mismo hotel, y era fácil lograr una escapada de mi habitación. Me acuerdo de ese momento, parado fuera de la habitación de ella a las 11 de la noche, temblando de miedo e ilusión, creyendo que detrás de esa puerta encontraría la satisfacción de todos mis deseos. ¡Cuán poco me entendía realmente a mí mismo!



Detrás de esa puerta no encontré más que un sin fin de situaciones semejantes durante los siguientes años, encuentros fortuitos y superficiales con cualquier mujer que se prestara un poco. Todavía no he tenido la oportunidad de pedirles perdón a todas ellas, y la única a quien sí le pedí perdón, no me entendió. Ninguna de ellas me ha pedido perdón tampoco. Es tan común creer que mientras haya consentimiento, no importa lo que hagamos con nuestros cuerpos ni con los cuerpos de los demás, mientras haya un acuerdo mutuo. Cuantos momentos de desilusión, cuantas promesas rotas, cuantas confusiones, riesgos, engaños, corazones rotos, cuanta inseguridad, inestabilidad, soledad. Curiosamente, todo lo que más temía, todo lo que más trataba de quitar de mi vida, es lo que encontraba en este estilo de vida. Mientras más buscaba salirme de la soledad, más solo me sentía. Lo mismo con la inseguridad, el sinsentido, el autodesprecio.



Viví así durante 4 años, con encuentros y noviazgos superficiales, y luego un día, viviendo ya en mi departamento universitario, me entró una llamada de mi exnovia, la de la convención de francés. Después de la convención famosa, habíamos sido novios durante un año, a distancia, y sólo logramos vernos dos veces. Nuestro noviazgo se nutrió únicamente de los besos de esos dos encuentros y las cartas sensuales que nos escribíamos, más alguna llamada que otra. Terminamos cortando cuando nos dimos cuenta de que nunca iba a prosperar la relación si nunca nos veíamos. Pasaron 4 años, y me encontró por teléfono. Ya iba a vivir en mi ciudad, en mi universidad, de hecho, en mi mismo edificio de departamentos, a 6 metros de distancia. Me dio a entender que quería reanudar nuestra relación. Le expliqué que yo ya tenía novia, pero no le importó. Hizo lo que tuvo que hacer para cambiarme de opinión…y lo logró.



Mi noviazgo con ella duró un año y medio y fue la cima de mi adicción sexual. Mi único freno o límite en ese campo era mi compromiso de guardar mi virginidad hasta el matrimonio. A pesar de todo lo que había visto y hecho, nunca había tenido relaciones coitales. Es que, cuando tenía 12 años, apenas despertando a la pubertad y la adolescencia, mi hermano mayor me había hablado un poco sobre el tema de la sexualidad. Estábamos jugando básquet y él dijo muy casual: “Quiero guardar mi virginidad hasta el matrimonio”. Me sorprendió muchísimo porque él ya tenía 20 años y no creía que fuera virgen aún. Luego me dijo: “Evan, es que la relación sexual no es una flor que le das a cada novia o a cada niña que te gusta a lo largo de la vida. La relación sexual es cuando tú eres el regalo, cuando te das por completo a otra persona, para toda la vida. Y yo sólo quiero vivir ese acto con la mujer de mi vida y la madre de mis hijos.” Esa frase se me quedó sumamente grabada, me marcó la vida, y se convirtió en una firme convicción. Y, a pesar de que mi novia estaba dispuesta, yo resistía. Sin embargo, era lo único ‘prohibido’ en mi mente, lo único que yo no quería hacer.



Durante ese año y medio me daba cuenta cada vez más que no era lo mismo estar juntos que estar unidos. No era lo mismo jugar con nuestros cuerpos que ‘hacer el amor’. No era lo mismo prestarnos sexualmente que donarnos sexualmente. Y los actos que vivíamos eran cada vez más superficiales y frustrantes. En vez de acercarnos cada vez más a través de la sexualidad, más bien nos distanciábamos. Me acuerdo haberme hartado tanto de la situación que fui a hablarlo con mi papá. Le dije que no entendía el sentido de la sexualidad, del noviazgo, del amor, del matrimonio, nada. Sentía que toda mi vida había tratado mi cuerpo y los cuerpos de los demás como juguetes, que lo único que tenía con mi novia era una masturbación asistida. Yo era un instrumento para ella y ella para mí. Era como mi pornografía interactiva. Y todo el cariño y el respeto que nos teníamos se fue por la ventana. Él me entendió perfecto. También había vivido una vida desordenada en ese campo. Mi mamá se había separado de él unos años antes. Pero él había logrado despertar, cambiar su vida, reconquistar su masculinidad y recuperar su matrimonio. Yo podía ver en él un antes y un después, el amor falso y el amor verdadero, la versión pirata y la versión auténtica, la frustración y la plenitud, la desunión y la intimidad. Y le pedí que me lo explicara, que me ahorrara una vida de prueba y error, que me marcara el camino acertado de una vez. Y en ese momento, otoño del 2002, me hizo la pregunta: ¿Qué es lo que realmente estás buscando? ¿Dónde está la satisfacción que buscas?



Ahí fue el momento del cambio, como una gota de agua que pasa a través de una presa, luego una grieta y finalmente un torrente. Me regaló un libro sobre la visión personalista de la sexualidad y el amor humano, llamado Amor y Responsabilidad. Todo lo que ya intuía, empezó a cobrar sentido en cada página de ese libro. Que somos personas humanas, no objetos. Que nunca merezco ser tratado como un mero medio para los fines e intereses de otro, y que nadie más merece ser tratado así por mí tampoco. Que no somos simples animales, que no tenemos instinto sexual, sino más bien impulso sexual, que podemos controlar y encauzar hacia sus fines naturales. Nuestro impulso sexual no sólo nos impulsa hacia el placer y el orgasmo…nos impulsa hacia la donación, la comunión y la creación de vida nueva. Nuestra sexualidad es una catapulta para sacarnos del egoísmo y lanzarnos hacia la conexión, la intimidad y la trascendencia. Y el éxito o fracaso de una relación romántica depende de una sencilla pregunta: ¿Nos usamos o nos amamos? Es fácil decir ‘Te quiero’ cuando lo que realmente quieres decir es ‘te quiero disfrutar’ (sexualmente, físicamente, sentimentalmente, etc.) Es fácil tratar al otro como un mero proveedor de servicios, y nuestro ‘te quiero’ sólo significa ‘quiero disfrutar de tus servicios’ sin preocuparnos realmente por la persona en sí. No es lo mismo decir ‘te quiero disfrutar’ que decir ‘te quiero feliz’. Pensar no sólo en el provecho que te puedo sacar, sino en cómo ayudarnos a ser realmente felices. Pensar en tu futuro, en tus valores, en tus sueños, en tu valor, en tu dignidad. Decirte con el lenguaje de mi cuerpo, con mi sexualidad, que no sólo te presto mi cuerpo por una noche o un año, sino que te doy mi persona entera para toda la vida.



En un fin de semana me leí el libro casi por completo. Y lo sentí como agua fresca para un náufrago. Regresé con mi novia y le platiqué todo lo que estaba pensando y sintiendo. Le dije que sentía como si estuviera en una balsa perdido en alta-mar ya enfermo de tomar tanto el agua salada, y que de repente alguien me había dicho del agua dulce, de dónde encontrarlo y de cómo llegar allí. Ella se sintió juzgada, rechazada, ofendida, y decidió terminar la relación. A partir de ese día, con todo el dolor y toda la emoción que sentía, me comprometí a NUNCA volver a tomar de la versión pirata, que nunca volvería a tratar ni mi cuerpo ni el cuerpo de otros como juguete, como instrumento… si solo fuera tan fácil.



Un cambio de concepto, comprender el sentido de la sexualidad, comprender el daño de la pornografía o las relaciones sexuales extramatrimoniales, es gran parte de la solución, pero no lo es todo. Faltaba un largo camino para darme cuenta de que es más fácil decirlo que hacerlo. No es lo mismo saber lo que conviene a hacer lo que conviene. Pero por lo menos había descubierto que mi deseo era natural, que podría encauzarlo según mi designio y podría alcanzar mi destino. Si no funcionaba tomar el agua salada del mar, por fin entendí que había otra agua, manantiales llenos de agua dulce, sólo tenía que cambiar la dirección en la que estaba remando, y remar hacia la orilla.



Mi primera fase fue curiosidad inocente, mi segunda fase fue adicción ciega, mi tercera fase frustración y desilusión, y mi cuarta fase fue el cambio en mi mente…y ahora venía la quinta fase, la fuerza de voluntad. Es una fase complicada, porque muchas noches me despertaba ya excitado y tenía que aprender a resistir. Honestamente, en esta fase de tanta lucha interior, caí en la represión. En vez de ponerme a remar hacia la orilla, y alcanzar el agua dulce, sólo me sentaba sobre mis manos, muriéndome de sed, tratando de no mirar al agua salada que rodeaba toda la balsa. No entendía la diferencia entre reprimir y encauzar. No sabía que podía hacer algo positivo con toda esa energía, en vez de embotellarla. Que podía impulsarme hacia mi meta, en vez de hundirme. Pasé varios años en esa fase de represión. Y lo estaba logrando. Ya tenía una fuerza de voluntad de cerro, pero no estaba resolviendo el problema. Tenía muy buenos filtros para mi internet, un horario muy exigente, controlaba mi mirada, mi curiosidad, hacía ejercicio frecuente, incluso ayunaba…y, aun así, varias noches por semana me despertaba extremadamente excitado, y la batalla era sangrienta. Después de varios años así, sin haber ido a la raíz del problema, tuve una etapa sin ningún filtro en mi internet. De un día a otro, 6 años de ‘aguantarme’ se convirtieron en un desahogo violento. Como si hubiera guardado mi impulso sexual en una hoya exprés durante años y de repente la presión llegó al punto de explotar. Sentí muchísima vergüenza. Me sentí frustrado, fracasado, desanimado. Empecé a despreciarme a mí mismo. Y mientras más culpa y autodesprecio sentía, más caí en lo mismo. Era un ciclo vicioso.



Todo esto me llevó a reflexionar: si darle rienda suelta a mi impulso me llevó a la frustración, y reprimirme me llevó a la frustración… ¿qué otra opción había? Tenía que remar hacia la orilla. Pero ¿qué era la orilla para mí? No era suficiente un gran ideal por el amor auténtico, no era suficiente tener sueños y metas nobles. Cuando una persona se está muriendo de sed, se tomará cualquier cosa. Tenía que ir a lo concreto: ¿de qué tenía sed? ¿Qué era en específico lo que estaba buscando? Y para responder esa pregunta me hizo falta muchísima reflexión y exploración interior, de mi historia, de mis heridas, de mis miedos, de mis sueños, de mis frustraciones. Tuve que pensar muy bien en cuáles eran mis momentos de mayor vulnerabilidad, cuando más fácil volvía a caer en el vicio. Regresé a los momentos de inseguridad de mi infancia, el abandono que sentí cuando mi mamá dejó a mi papá, los rechazos que sentí en mis primeros intentos de acercarme a una niña, los sentimientos de culpa cuando buscaba mi tiempo personal de ocio en mi niñez, la responsabilidad perfeccionista que sentí al vivir los crisis de mis hermanos, la tristeza y desmotivación que sentía cuando estaba muy cansado, la soledad que sentía cuando no tenía vínculos afectivos fuertes de amistad y familia…y todo empezó a cobrar sentido. Con la ayuda de un excelente terapeuta, pude ir resolviendo temas no resueltos con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, conmigo mismo. Pude empezar a responder a la pregunta: ¿Qué es lo que realmente estoy buscando?



Me daba cuenta de que mis peores momentos de tentación era cuando alguien tocaba una de mis heridas pasadas, cuando me sentía rechazado, cuando me sentía atrapado, solo, estresado, agotado, no tomado en cuenta, no comprendido, cuando sentía injusticia, ofensa. Era mi manera de consentirme a mí mismo, como si realmente ayudara en algo. Lo único que pasaba era que sentía más vergüenza, culpa, autodesprecio, inseguridad, impotencia, estrés, ansiedad. Y el ciclo continuaba. Entonces, lo que tenía que hacer era identificar en cada antojo, qué era lo que realmente quería. Si en un momento de rechazo quería conexión… la pornografía no iba a resolver esa necesidad, pero llamar a un amigo o familiar sí. Si en un momento de inseguridad buscaba sentir confianza y valentía… la pornografía no iba a resolver esa necesidad, pero poner medios para aumentar mi confianza personal y mi autoestima sí. Uno tras otro fui profundizando en mis deseos, tratando de comprender su designio y su destino, y este ejercicio me ha cambiado la vida, y me la sigue cambiando.



Por ejemplo, si voy caminando en el aeropuerto y veo a una mujer atractiva y me entra la tentación de reducirla al nivel de un objeto o instrumento, tengo tres opciones: 1. Seguir mirándola así, como si sólo existiera en este mundo como un medio para mis apetitos; 2. Mirar al piso con tal de no mirarla; 3. Mirarla más a fondo y descubrir una belleza y un valor único que me inspiraba a ser mejor persona y quererla proteger y conocer. La tercera opción sin duda fue la más satisfactoria. Una y otra vez aprendí a encauzar mis deseos hacia lo que REALMENTE quería. Fue una fase de mucha lectura, para no dudar de mis convicciones ni replantear mis propósitos. Leí mucho sobre el sentido de la sexualidad, sobre las claves del amor auténtico, sobre cómo construir un matrimonio sólido, sobre la trascendencia y también sobre los graves daños de la pornografía. La lectura me ayudaba a fortalecer mis ideas y a no dudar en el momento del antojo. Aprendí a valorarme cada vez más a mí mismo, a no odiarme por mis caídas. Aprendí a valorar y amar cada vez más a cada persona con quien me encontraba, y tratarlos con respeto, buscando su bien y su felicidad. Aprendí a no sólo buscar lo que me daba un placer momentáneo sino lo que me generaba felicidad, identidad y sentido en mi vida. Y esto ha marcado mi camino de los últimos años de vida.



Conocí a mi esposa, y no voy a mentir, todavía tuve tentaciones y caídas, pero cada vez más he logrado encauzar mi masculinidad en la generosidad, la creatividad, el servicio, la donación y el amor. Esto me ha llevado a saciar poco a poco mis deseos por auténtico amor, paz y gozo. Nos casamos en 2014, y todavía fui arrastrando algunos de mis viejos hábitos. Todavía a veces la miraba o la trataba como un medio para desahogar mis apetitos. El matrimonio me ha ido enseñando también que el impulso sexual no se satisface con un simple orgasmo, o con tratar de realizar alguna fantasía obsesiva, pero sí se satisface en buscar un auténtico encuentro con ella, espontáneo, natural, afectuoso y genuino. En vez de amarla porque la necesito, he aprendido a necesitarla porque la amo.



Es que la sexualidad tiene niveles de maduración. En el primer nivel, es bastante infantil, masturbatorio, creyendo que lo puedo satisfacer con cualquier objeto, con cualquier persona, con cualquier acto o fantasía. Superando el nivel infantil, llega al nivel adolescente, buscando no sólo placer sino también cariño y afecto. Pero ya el último nivel es darme cuenta de que ella no es mi proveedora de placer y cariño, sino que es mi mujer, digna de mi mayor entrega. Que lo que quiero en el fondo no lo puedo vivir con otra, ni conmigo mismo, sino sólo en el encuentro profundo con su persona. Esto me ha hecho cada vez menos exigente y cada vez más libre, para que cada acto sexual sea realmente un acto de libre donación. Descubro que a veces hay mayor gozo y satisfacción en llevar a mis hijas a un helado, o tomarle la mano a mi esposa, o realizar algún proyecto juntos, que en mil orgasmos egoístas. Y obviamente todo esto hace mucho más plena la experiencia de la intimidad sexual en los momentos oportunos. No es lo mismo decir ‘te quiero a ti’ que decir ‘quiero algo de ti’.



Te invito lector a que te hagas la misma pregunta: ¿Qué es lo que realmente estoy buscando? ¿Qué es lo que realmente me satisface? De igual manera, animarte a aprender a hacer lo que te hace feliz, y no sólo lo que se siente bien por un momento. Mi esposa, Fernanda, y yo fundamos el Instituto Amar al Máximo con el propósito de seguir profundizando en el misterio de la sexualidad y el amor humano, y así ayudar a otras personas a encontrar nuevos caminos hacia la plenitud, a descubrir nuevos horizontes en el amor. Todos estamos en la misma lucha, en la misma búsqueda. Hay que unir nuestras fuerzas para alcanzar todas nuestras metas. Si en algo te podemos apoyar en este campo, no dudes en buscarnos en nuestras redes (@amaralmaximo, www.amaralmaximo.com). Ojalá que tú también puedas dejar de tomar del agua salada, de la sexualidad salada, que puedas dejar de reprimirte y sentarte sobre las manos, y que puedas aprender hacia donde remar, cómo remar, para disfrutar del agua dulce que toda tu persona anhela. Sí se puede, soy testigo de eso y vale mucho la pena, ¡cueste lo que cueste!




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Se ha dedicado por más de 8 años a la formación de adolescentes, profesionistas y matrimonios en el campo de la sexualidad y el amor humano.

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Evan Lemoine

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Evan Lemoine es Licenciado en Bellas Artes por Louisiana State University (USA) con especialidad en Psicología, Maestro en Humanidades por la Universidad Anáhuac de México y Maestro en Ciencias de la Familia por el Instituto Juan Pablo II.

Es graduado del Theology of the Body Institute de Philadelphia (USA) donde se ha especializado en la Teología del Cuerpo, Amor y Responsabilidad, Filosofía y Pensamiento de Juan Pablo II.

Es co-fundador del Instituto Amar al Máximo y es conferencista internacional reconocido sobre la Teología del Cuerpo, sexualidad, noviazgo y matrimonio. Evan es profesor del Theology of the Body Institute de Filadelfia.




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